EL HOMBRE LIGTH



EL HOMBRE LIGHT



1.   EL PERFIL PSICOLÓGICO:

La sociedad opulenta del bienestar en Occidente es una sociedad, en cierta manera, que está enferma, de la cual emerge el hombre light, un sujeto que lleva por bandera una tetralogía nihilista: hedonismo – consumismo – permisividad – relatividad.  Todos ellos enhebrados por el materialismo.

Un individuo así se parece mucho a los denominados “productos light” de nuestros días, comidas sin calorías y sin grasas, cerveza sin alcohol, azúcar sin glucosa, tabaco sin nicotina, Coca-Cola sin cafeína y sin azúcar, mantequilla sin grasa... y un hombre sin sustancia, sin contenido, entregado al dinero, al poder, al éxito y al gozo ilimitado y sin restricciones.  El hombre light carece de referentes, tiene un gran vacío moral y no es feliz, aun teniendo materialmente casi todo.

En el hombre light se dan los siguientes ingredientes: pensamiento débil, convicciones sin firmeza, asepsia en sus compromisos, indiferencia sui generis hecha de curiosidad y relativismo a la vez…  Su ideología es el pragmatismo, su norma de conducta, la vigencia social, lo que se lleva, lo que está de moda; su ética se fundamenta en la estadística, sustituta de la conciencia; su moral, repleta de neutralidad, falta de compromiso y subjetividad, queda relegada a la intimidad, sin atreverse a salir en público.

El hombre light es frío, no cree en casi nada, sus opiniones cambian rápidamente y ha desertado de los valores trascendentes.  Por eso se ha ido volviendo cada vez más vulnerable; por eso ha ido cayendo en una cierta indefensión.  De este modo, resulta más fácil manipularlo, llevarlo de acá para allá, pero todo sin demasiada pasión.

Podemos decir que estamos en la era del plástico, el nuevo signo de los tiempos.  De él se deriva un cierto pragmatismo de usar y tirar, lo que conduce a que cada día impere con más fuerza un nuevo modelo de héroe: el del triunfador, que aspira -como muchos hombres lights– al poder, la fama, un buen nivel de vida… por encima de todo, caiga quien caiga.  Es el héroe de las series de televisión americanas, y sus motivaciones primordiales son el éxito, el triunfo, la relevancia social y, especialmente, ese poderoso caballero que es el dinero…

Se trata de un hombre sin vínculos, descomprometido, en el que la indiferencia estética se alía con la desvinculación de casi todo lo que le rodea.  Un ser humano rebajado a la categoría de objeto, repleto de consumo y bienestar, cuyo fin es despertar admiración o envidia.

El hombre light no tiene referente, ha perdido su punto de mira y está cada vez más desorientado ante los grandes interrogantes de la existencia.  Esto se traduce en cosas concretas, que van desde no poder llevar una vida conyugal estable a asumir con dignidad cualquier tipo de compromiso serio.  Cuando se ha perdido la brújula, lo inmediato es navegar a la deriva, no saber a qué atenerse en temas claves de la vida, lo que conduce a la aceptación y canonización de todo.  Es una nueva inmadurez que ha ido creciendo lentamente, pero que hoy tiene una nítida fisonomía.

2.  HEDONISMO Y PERMISIVIDAD:

Hedonismo significa que la ley máxima de comportamiento es el placer por encima de todo, cueste lo que cueste, así como ir alcanzando progresivamente gotas más altas de bienestar.  Además, su código es la permisividad, la búsqueda ávida de placer y el refinamiento sin ningún otro planteamiento.  Así pues, hedonismo y permisividad son los dos nuevos pilares sobre los que se apoyan las vidas de aquellos hombres que quieren evadirse de sí mismos y sumergirse en un caleidoscopio de sensaciones cada vez más sofisticadas y narcisistas, es decir, contemplar la vida como un goce ilimitado...

Del hedonismo surge un vector que pide paso con fuerza: el consumismo.  Todo puede escogerse a placer, comprar, gastar y poseer se vive como una nueva experiencia de libertad.  El ideal de consumo de la sociedad capitalista no tiene otro horizonte que la multiplicación o la continua sustitución de objetos por otros cada vez mejores.

El consumismo tiene una fuerte raíz en la publicidad masiva y en la oferta bombardeante que nos crea falsas necesidades.  Objetos cada vez más refinados que invitan a la pendiente del deseo impulsivo de comprar.  El hombre que ha entrado por esa vía se va volviendo cada vez más débil…

La permisividad propugna la llegada a una etapa clave de la historia, sin prohibiciones ni territorios vedados, sin limitaciones.  Hay que atreverse a todo, llegar cada día más lejos.  Se impone así una revolución sin finalidad y sin programa, sin vencedores ni vencidos.

Si todo se va envolviendo en un paulatino escepticismo y, a la vez, en un individualismo a ultranza, ¿qué es lo que todavía puede sorprender o escandalizar?  Este deslumbramiento axiológico produce vidas vacías, pero sin grandes dramas, ni vértigos angustiosos ni tragedias… “Aquí no pasa nada”, parecen decirnos los que navegan por estas aguas, en la metafísica de la nada, por muerte de los ideales y superabundancia de lo demás.  Estas existencias sin aspiraciones conducen a la idea de que todo es relativo.

El relativismo es hijo natural de la permisividad, un mecanismo de defensa de los que Freud estudió y diseñó de forma casi geométrica.  Así, los juicios quedan suspendidos y flotan sin consistencia: el relativismo es otro nuevo código ético.  Todo depende, cualquier análisis puede ser positivo y negativo, no hay nada absoluto, nada totalmente bueno ni malo.  De esta tolerancia interminable nace la indiferencia pura.

Estamos ante la ética de los fines o de la situación, pero también del consenso, si hay consenso, la cuestión es válida.  El mundo y sus realidades más profundas se someten al plebiscito, para decidir si constituye algo positivo o negativo para la sociedad, porque lo importante es que opine la mayoría.

Un ser humano hedonista, permisivo, consumista y centrado en el relativismo tiene mal pronóstico.  Padece una especie de “melancolía” new look: acordeón de experiencias apáticas.  Vive rebajado a nivel de objeto, manipulado, dirigido y tiranizado por estímulos deslumbrantes, pero que no acaban de llenarlo, de hacerlo más feliz.  Su paisaje interior esta transitado por una mezcla de frialdad impasible, de neutralidad sin compromiso y, a la vez, de curiosidad y tolerancia ilimitada.

3.  EL CAMINO DEL NIHILISMO:

El hombre light no tiene cerca nunca ni felicidad ni alegría; sí, por el contrario, bienestar y placer.  La distinción es importante.  La felicidad consiste en tener un proyecto, que se compone de metas como el amor, el trabajo y la cultura; supone la realización más completa de uno mismo, de acuerdo con las posibilidades de nuestra condición: esto es, hacer algo con la vida que merezca realmente la pena.  El bienestar, por su parte, representa para muchos la fórmula moderna de la felicidad: buen nivel de vida y ausencia de molestias físicas o problemas importantes; en una palabra, sentirse bien y, en lenguaje más actual, seguridad.

Y la alegría, no hay que confundirla con el placer.  En el hombre light hay placer sin alegría porque ha vaciado la autentica alegría de su proyecto, lo ha dejado hueco, sin consistencia.   Hoy, la forma suprema de placer es la sexual, que para muchos constituye casi una religión.  Hay que supeditarlo todo al sexo.  La entronización del orgasmo tiene así su máximo cenit.  Por ese atajo, por el que se pretende lo inmediato, la satisfacción rápida y sin problemas, a la larga se desliza el hombre hacia una serie de fracasos e insatisfacciones acumulados.

¿Por qué tiene un trasfondo nihilista la permisividad? La respuesta es que un hombre hedonista, consumista y relativista en un hombre sin referentes, sin puntos de apoyo, envilecido, rebajado, codificado, convertido en un ser libre que se mueve por todas partes, pero que no sabe a dónde va: un hombre que en vez de ser brújula, es veleta.

Así viene a la mente un conjunto de estados anímicos engarzados por el tedio, el aburrimiento, la desolación, una especial forma de tristeza…  Entonces aflora una nueva pasión: la pasión por la nada; y un nuevo experimento: hacer tabla rasa de todo para ver qué sale de esa ruptura de las directrices y superficies de la geometría humana.  Y ello sin drama, sin catástrofes ni vértigos trágicos.

Permisividad y subjetivismo forman un binomio estrechamente entrelazado.  El subjetivismo, que insiste una y otra vez en que la única norma de conducta es el punto de vista personal, se va instalando de espaldas a la verdad del hombre y de su naturaleza, buscando y persiguiendo el beneficio inmediato.  Con ello se quiere afirmar que la verdad es lo útil, lo práctico y, en consecuencia, nada es absoluto ni definitivo; todo depende de un entramado de relaciones complejas, nada es verdad ni mentira.  Siguiendo esta línea argumental caemos en el relativismo de querer encontrar la verdad a través de nuestros deseos y pensamientos.  Así, alcanzamos una verdad subjetiva, replegada sobre sí misma, sin vinculación alguna con la realidad.  Es la apoteosis de las opiniones y los juicios particulares, con lo que se cae en un nuevo absoluto: todo es relativo.

El relativismo se define, por tanto, como aquella postura según la cual no existe ninguna verdad absoluta, universal, válida y necesaria para todos los seres humanos.

La filosofía del relativismo desemboca gradualmente en el escepticismo, pero existe una diferencia clara entre uno y otro: para el relativismo, la verdad es algo que está en constante cambio, moviéndose de acá para allá, según el juicio de cada uno; para el escepticismo, la verdad absoluta sí existe, pero la razón humana es incapaz de alcanzarla; se produce una desvalorización del entendimiento, que no puede acceder a las cimas del conocimiento de la verdad con los medios naturales que tiene a mano.

Relativismo, escepticismo y finalmente nihilismo tienen un tono devorador, porque de ellos emerge un hombre pesimista, desilusionado, indiferente a la verdad por comodidad, por no profundizar en cuestiones sustanciales.  Así surge la idea del consenso como juez último: lo que diga la mayoría es la verdad.

Sin embargo, en tanto que respuesta de una muestra de la población a un tema planeado, el consenso es un error, ya que algo no es bueno o malo porque lo diga la mayoría, sino porque en sí mismo es positivo o negativo.  

Tomado de: “el hombre light, una vida sin valores”,
de Enrique Rojas, ediciones Temas de hoy, Madrid.
1992


LA CALIDAD DE VIDA
1.  LA FIEBRE POSESIVA Y CONSUMISTA:

“Tener  objetos  y  bienes  no  perfecciona  de  por sí al sujeto, si no
contribuye a la maduración y enriquecimiento de su ser, es decir,
a  la  realización de la vocación humana como tal”  (Juan Pablo II).

La demanda de la calidad de vida ha de enfilar lo que Fromm ha llamado el camino del ser.  En el camino del tener, la propiedad, el lucro y el poder son los pilares de la existencia.  Adquirir, poseer y lucrar se convierten en los grandes derechos y metas de las personas, marcan la dirección de la vida y desembocan en la lógica del consumo, que vive cabalmente, del estímulo a la posesión y a tener, y promueve una realización humana cifrada exclusivamente en la posesión y tenencia de objetos.

Los grandes valores de la vida se concentran entonces en tener, poseer, ganar, disfrutar, alcanzar el éxito.  Nos encontramos ante una visión cosista y cosificadora de la persona.  En realidad, nos encontramos ante una máquina que produce seres infelices, solitarios, angustiados, deprimidos, estresados y dependientes.

En cambio, en el camino del ser lo que cuesta es la búsqueda de identidad, basada en la fe en lo que uno es, en la necesidad de relacionarse, amar y solidarizarse con el mundo que nos rodea; supone aceptar el hecho de que nadie ni nada exterior al individuo da significado a su vida, amar y respetar la vida en todas sus manifestaciones, sentir alegría que causa dar y compartir.

Sin duda, uno de los datos más reveladores de los hábitos y de las conciencias del hombre occidental es el dinamismo consumista que nos envuelve y arrastra.  Es la gran religión de las sociedades desarrolladas.  Seduce y atrae con fuerza irresistible.  Se convierte en el valor supremo de la vida y a él se sacrifica todo; “hace a los hombres esclavos de la posesión y del goce inmediato sin otro horizonte que la multiplicación o continua sustitución de los objetos que poseen” (Juan pablo II).  Configura un estilo de vida, un modelo de persona y de sociedad.  Es la civilización del consumo, que implica una revolución económica y cultural en la sociedad actual.

Se piensa que cuando más se tiene (dinero, propiedades, fama, éxito, títulos, relaciones…), más se es.  De ahí la fiebre posesiva y acumulativa: tener muchas cosas, electrodomésticos, carros, apartamentos, relojes, cambiar incesantemente de ropa, adquirir y comprar, por ejemplo, más libros y más discos de los que jamás se podrán nunca leer ni escuchar.  Esto se alimenta por la competitividad psicológica (no ser menos que el otro), y representa la “institucionalización de la envidia”, de la apariencia y el disimulo.  En definitiva, la fiebre consumista promueve una forma hedonista de la vida porque de trata de tener más para disfrutar y gozar más.

Los valores del consumo significan el polo opuesto al camino del ser, la más fuerte contradicción a la calidad de la vida humana, precisamente porque todo, también la persona, queda reducido a cosa y objeto para “usar y tirar”.

En la sociedad y en la persona consumista no hay sitio para la solidaridad, ni para la gratitud, ni para Dios.  La fiebre posesiva y consumista impide absolutamente el encuentro y la búsqueda de Dios, impide la tarea espiritual.

2.  LA VIDA LIGHT:

El consumo conduce siempre a una vida muelle, pertrechada en la comodidad.  Todo se trivializa y reina la ley del mínimo esfuerzo.  El hombre no se entrega a nada con pasión.  Sólo se reserva para sí mismo y para su disfrute personal: gimnasia, sauna, dietas alimenticias, cierto espiritualismo oriental, incultura, muchos periódicos, pero sin capacidad de síntesis y asimilación, sin tiempo para madurar interiormente.  De esta manera el hombre se va escorando hacia una debilidad progresiva.  Es la cultura y la vida light que, como ha señalado E.  Rojas, lleva implícito este mensaje: todo es ligero, suave, descafeinado, liviano, aéreo, débil, y todo tiene un bajo contenido calórico.

Polaino Lorente establece la siguiente secuencia del consumista: hacer para tener, tener para consumir más; consumir más para aparentar una imagen mejor; disponer de una imagen para hacer más.  Se entra así en lo que el mismo autor llama “envoltura de la cebolla”, como esta, el hombre se disfraza de sus pertenencias, “acabando por identificarse con su ropaje, siendo imposible distinguir entre uno y otro”.  El hombre se identifica con la apariencia, cree ser lo que realmente no es.  No llega ni a reconocer la propia identidad, para sí mismo es un extraño.  En el fondo no es feliz porque no se posee a sí mismo.  Posee sólo un disfraz, una máscara, un personaje que cambia cada noche ante el espejo, preparándose para la seducción.  No tiene vida interior, vive para la calle, y lo que le procura realmente son las apariencias; no sabe ni puede estar a solas consigo mismo, carece de proyectos, de ilusión, de ideales.  ¿Cómo recuperar la pasión por la verdad, el dinamismo del amor, el coraje de la libertad?

La vida light conduce a una existencia vacía, el hombre se cierra en sí mismo y en el vacío.  Desinteresado por las cuestiones fundamentales y desprovisto de valores morales y sociales, camina a través del narcisismo y de un egoísmo atroz hacia la insolidaridad.  Sólo tiene tiempo para preocuparse de sí mismo.

3.  EL CANSANCIO DE LA VIDA:

La vida light lleva al hastío y al desencanto.  Y ciertamente crece en nuestra sociedad un malestar difuso que lo invade todo, un sentimiento de vacío interior y de absurdidad de la vida, una incapacidad para sentir las cosas, los seres.

Al hombre occidental le sucede como al protagonista de la novela “La insoportable levedad del ser”, del checo Milan Kundera, que la vida se le queda sin peso, porque nada deja memoria de nada, ni es referible a nada; porque no existe anclaje posible desde el cual dar sentido a la vida cotidiana; porque entonces el ser tiene una levedad que se hace repetitiva e insoportable.

Se tiene una experiencia de un mundo duro que no se acepta, pero que tampoco se espera cambiar.  Por eso no se sueña un mañana distinto; se busca sólo acomodo en el hoy.  Se busca pasar.  Y surgen entonces la melancolía y el desencanto; y crecen la apatía y la indiferencia.

Se trata de una “indiferencia por saturación”, como la ha denominado Lipovetsky.  Son tantos los estímulos y los bienes, los caminos y las direcciones, los medios y la información, que fácilmente se llega a la saturación y la indiferencia.  El hombre indiferente no se aferra a nada, no tiene certezas absolutas.  Nada le sorprende, casi todo le resbala.

Y el desencanto convive con el agobio y desemboca en el cansancio de la vida: un cansancio vago e impreciso, pero que se refiere a la vida como totalidad.  ¿Qué es lo que hay detrás de este cansancio?  Muchas veces hay activismo: exceso de actividades y de empresas, falta de tiempo para casi todo, especialmente para lo esencial.  Hay también una tensión excesiva y acumulada, unos esfuerzos superiores a las propias fuerzas, que llevan al agotamiento y a la falta de equilibrio interior.  Hay quebrantos y frustraciones, hay fracasos no asumidos que queman a las personas.  Hay desdibujamiento progresivo de horizontes y contornos.  Hay desfallecimiento y deslizamiento por caminos brumosos.  Pero hay especialmente, abandono y apatía, desidia y sentimiento de impotencia ante los compromisos y ante la vida.

4.  DEPENDENCIAS Y ADICCIONES:

La vida light crea dependencias.  Y el cansancio de la vida genera adiciones.  Son, con frecuencia, signo del consumo psicológico al que aboca la misma civilización consumista.  Se puede expresar en los juegos informáticos o en el teléfono erótico, en las máquinas traganíqueles o en el bingo, en los horóscopos o en el psicoanálisis, en el fútbol o en las revistas corazón.  Pero quizás se expresa más fuertemente en la droga y en la televisión.

La calidad de vida comienza por la liberación de todas las esclavitudes, ataduras, dependencias: también de las pequeñas dependencias de la vida cotidiana.  Si lo son, atan e impiden crecer y ser dueño de uno mismo.

Camus decía que a los hombres de nuestro tiempo se les podía definir de una manera muy simple “fornicaban y leían periódicos”.  Hoy es la televisión la que lo llena todo y la que cambia los modelos y estilos de vida.  Porque el hombre actual pasa demasiado tiempo ante la televisión, sin ningún tipo de rechazo ni dramatismo ante lo que en realidad es un medio, hay que reconocer que la dependencia de la televisión existe y crea hábitos de los que es difícil sustraerse.  Y el peligro de que constituya casi todo el alimento intelectual es real.  Se propicia así el mantenimiento del hombre light; un hombre pasivo, entregado siempre a lo más fácil, dispuesto simplemente después de cenar, a dejarse caer y apretar el botón.

En medio de este panorama aparece hoy un fenómeno nuevo en el consumo televisivo: la posibilidad de entretenerse cambiando sucesivamente el canal con el mando a distancia.  Es el zapping: una nueva adicción, que puede llegar a ser incluso más fuerte que la simple teledependencia: se pasa de imagen en imagen, buscando no se sabe exactamente qué, inmersos en un juego caleidoscopio fugaz que no deja huellas.  Detrás hay una actitud de dispersión y de huída.  Hay carencia de un centro de gravedad.  Hay evasión y una nueva forma de consumo.

Ante las nuevas dependencias que presionan y amenazan la vida espiritual, la búsqueda de la vida ha de llegar a redescubrir el sentido de la ascesis; sería un error cultural y espiritual pensar que la ascesis, la mortificación, la renuncia, son algo anticuado y superado.

La liberación y dominio personal implican control e implican también una pedagogía concreta de prevención y renuncia, una fuerte disciplina personal y comunitaria.  Sin duda difícilmente puede existir vida interior sin profundidad espiritual.

En el fondo de la apatía espiritual, del poco crecimiento, están siempre una ausencia de ascesis y la consiguiente dependencia del exterior.  La verdadera liberación interior comienza por el robustecimiento ascético.  Y esta fortaleza y robustez ascética son el principio de una vida de calidad humana y espiritual.

5.  BAJO EL SINDROME DE LA IRREALIDAD:

G. Vautimo piensa que la radio, televisión y periódicos se han convertido en exponentes de una explosión y multiplicación de diferentes visiones del mundo.  Y esta multiplicación de información sobre la realidad en sus más diversos aspectos no produce una autentica información a tiempo sobre todo lo que sucede en el mundo, sino que “vuelve cada vez menos concebible la idea misma de una realidad”.  De manera que, quizás a través de los “máss media”, se esta cumpliendo la profecía de Nietzsche: el mundo verdadero, al final se convierte en fábula.  Es decir, la realidad no puede ser entendida como el dato objetivo que está por debajo de las múltiples imágenes que los medios proporcionan, sino que es más bien el resultado de entrecruzarse las imágenes; las interpretaciones y reconstrucciones que compiten entre sí.

Nos encontramos con lo que Pániker ha llamado el síndrome de la irrealidad, y que constituye ya uno de los signos que caracterizan a nuestra época.  El hombre actual empieza a vivir bajo la sensación de estar desposeído de la realidad, de encontrarse en un mundo efímero e ilusorio, de fantasmas y simulacros.  Y entra en un círculo vicioso en lo que lo real desaparece y en el que él mismo no se percibe ni consigue ser real.

El mundo se hace problema, el otro extranjero, y el hombre cobra conciencia de que se ha perdido la realidad.  Desaparecen las certezas objetivas, sólo quedan la apariencia y la representación; quedamos a merced de la moda y lo efímero, de lo vano y superficial, de lo relativo y fragmentado, de lo aparente y provisional.  Se consuma así, el nihilismo postmoderno que constituye según Pániker el rasgo más característico del pensamiento contemporáneo y que está impregnando la vida del hombre actual.

El reto más profundo es cómo ser reales.  Y cuando lo real se está convirtiendo en lo aparente, urge cultivar el “camino del ser” y urge también apreciar que “lo esencial es lo invisible” (A. de Saint-Exupéry).  A la pérdida de la realidad se llega por el desvanecimiento del ser, la decadencia del hombre y la “muerte de Dios”.  El horizonte de la más auténtica calidad de vida tiende, pues, al encuentro con el ser, con el hombre y con Dios.


Tomado de: E.  Alburquerque.  “Calidad de vida y consagración religiosa”.   Editorial CCS Madrid 1993.