LA LIBERTAD
Afirmar que el hombre es libre
significa que él tiene la capacidad de tomar en sus manos su propio obrar,
sabiendo lo que se hace y por qué se hace.
La libertad es el estado de aquel que, tanto si obra
bien como si obra mal, se decide tras una reflexión, con conocimiento de causa;
es el hombre que sabe lo que quiere y por qué lo quiere, y que no obra más que
en conformidad con las razones que aprueba (Gaudium et Spes en Concilio
Vaticano II, 161).
La libertad se opone a la
inconsciencia, a la locura, a la irresponsabilidad física y moral. Indica que la persona humana, aunque sigue
ligada al mundo y a los demás, no está totalmente determinada por las fuerzas
deterministas de la naturaleza, ni a la tiranía del estado o de la sociedad.
El término libertad puede ser
equivalente al de madurez, estado adulto, mayoría de edad, para señalar a un
hombre que es auténticamente él mismo, un hombre que no está bajo ninguna
tutela, que se ha liberado de las diversas alienaciones y domina su propio obrar
y su propia existencia de tal manera que puede llamarse verdaderamente libre.
Este estado de madurez se realiza
en diversos sectores de la vida. El
hombre se hace adulto en relación con el maestro cuando conoce los secretos del
oficio y posee cierto dominio en ese sector.
El hombre se hace libre delante de Dios cuando vive la religión, no ya
por temor al castigo, o con la esperanza de obtener ventajas materiales, sino
por convicción, en el amor y en el trato confiado con Dios.
Por consiguiente, esa libertad
indica la liberación de los principales estados de alienación: superstición,
miedo, sujeción social, política, económica o jurídica; predominio de las
pasiones y del egoísmo, vínculos inmaduros con los padres o con otras personas,
etc.
En consecuencia, es difícil afirmar
que la libertad madura está alguna vez plenamente realizada, nunca es una
posesión definitiva: existe solamente en virtud de una conquista incómoda y
comprometida.
La libertad como los valores, tiene
una dimensión interpersonal y ética. En
su esencia la libertad está bajo la llamada del otro y es capacidad de
responder al otro. Es por eso que toda
libertad auténtica, en cuanto orientada al reconocimiento de los demás se
expresará necesariamente en normas éticas, aun sabiendo que muchas veces puede
haber exigencias que van mucho más allá de la ley que se ha formulado. La ley concreta puede ser un impedimento o
una traición a la libertad. En este
sentido lo importante es ver que la libertad no es ante todo un problema de
no-determinismo, sino un problema de valores y significados que se realizan en
la comunión con los demás en el mundo.
La sed de libertad y de emancipación que caracteriza
a nuestro tiempo se olvida a veces de la verdadera libertad. En contra de una idea bastante difundida, la
libertad auténtica no puede concebirse como ausencia de vínculos. La verdadera libertad rompe los vínculos
alienantes para que existan vínculos auténticos y liberadores. El sueño de ser como el ave en el cielo o el
perro de la calle es soñar con una libertad que no está a la altura del
hombre. La libertad tampoco puede ser
ausencia de preocupaciones: tener todo lo que se desea, no cargar con el peso
ni con la responsabilidad de nadie, dejar que los demás piensen en todo. Es la libertad que quiere recibirlo todo del
estado y de la previsión social. Es la
libertad concebida según el modelo del niño de papá o del soldado en el
cuartel. No puede existir una libertad
adulta sin asumir la responsabilidad frente a otras personas (A. Dondeyne, en
El Problema del Hombre, 215).
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